John Jairo Zuluaga Londoño; El músico que burló a la muerte (cuentos).

viernes, 17 de marzo de 2017

EL MÚSICO QUE BURLÓ A LA MUERTE
La maldad como burla en el imaginario de Jhon Jairo Zuluaga Londoño
Por Celedonio Orjuela

Los géneros del cuento y la poesía son como los hijos pródigos para las casas editoriales que se ocupan del hipermercado, a quienes el rastreo del márquetin les indica que lo único que lee el gran público es la novela; de ahí que sea tan fácil encestar gato por liebre al desprevenido lector de cierta prosa de sonajero que de verdaderas piezas de arte. Esto no es óbice para que los dos géneros sigan su rumbo aunque en tiempos modernos pareciera que fuera un oficio clandestino. Por fortuna a las dos formas las fortalece la tradición y evolución tanto en forma como en contenido en el canon de la literatura y sus nuevas manifestaciones.
No es fácil sustraerse a la lectura de grandes cuentistas universales que han dejado huella en un género tan cercano a la poesía, especialmente de la lírica que se escribe en los tiempos que corren, rompiendo ciertos arbitrios de la tradición y la sumerge en la prosa poética cercana al cuento corto, y el tiempo de lectura, tanto que hoy se puede hablar de minificción, microrelato y minicuento, con sus respectivos estudios académicos acompañados de sendas antologías que convalidan esta forma corta de narrar y por tanto la frontera con la poesía es cada vez más tenue. Incluso muchas veces con el aforismo, sin negar que las fronteras existen.
En Colombia la tradición cuentística se ha mantenido vigente como quiera que en las diferentes etapas de la historia de este género, una o dos figuras ayudan a configurar el parnaso de las letras colombianas. Una de las buenas antologías de grata recordación, la compilada por Eduardo Pachón Padilla “Antología del Cuento Colombiano”, publicada en 1959 y más recientemente el trabajo de Luz Mary Giraldo: “Cuentos y relatos de la literatura colombiana” 2005, amén de otros estudios que no es del caso mencionar aquí.
A Jhon Jairo Zuluaga también le gusta narrar y lo hace tal vez por ser hijo de una región cafetera, quizá la más dada a la oralidad en la que ayuda hasta el eco de las montañas a reinventar sus orígenes, acompañados de diablos y otras apariciones. En una selección de cuento que hice hace algunos años, publicado con el nombre de “Ofrendas y
Tenciones”, decía El momento en el que en verdad declaramos al diablo nuestro enemigo, es cuando hacemos la primera comunión. Es ahí en esa primera confesión ante el presbítero, quien por demás se ríe de nuestros inocentes pecados, cuando el demonio toma corporeidad de mil maneras. Desde ese momento cargamos al demonio como ese intermediario entre lo mundano y lo absolutamente divino. Jhon Jairo Zuluaga también en sus relatos juguetea con esa y otras apariciones o con seres liliputienses que juguetean por las páginas, diablillos que driblan en el rectángulo de futbol de la escuela, que escamotea a los normales, como una visita de la muerte que llega a rochelear como dirían en la zona cafetera; o el frío sabanero que a veces se transforma en granizo y va quedando una escarcha que cubre los enseres de los afectados, de allí brota una figura que cobra vida en medio de las lluvias e interroga desde la trascendencia. O el mundo espectral que llevamos y nada mejor que metaforizarlo con la figura del doble. Estas ensoñaciones ocurren en un espacio rural, pero también citadino, al igual que la muerte que nos es tan molestamente cercana a la idiosincrasia latinoamericana y antes de recibirla como una queja o una maldición, vendría bien estar del lado de  Elías Canetti en uno de sus aforismos: Todos los que aman la muerte terminan por negarla:, aquí en estos relatos se la convoca, pero el autor  nos propone burlarla en el juego de la literatura, ese divertimento ocurre en El Músico que burló a la muerte.


   

OTRO DIOS

sábado, 12 de noviembre de 2016


OTRO DIOS
Esdras, escribano,
que por su pluma
da voz
al dios de los hebreos
en el Pentateuco.
Con qué derecho manda a
expropiar a los cananeos
que llegaron primero a
Palestina.
Quién retuerce su mano
de judío usurero y
ladrón.
Quién le dice que amañe
el verbo para criminalizarlos.
Quién paga la sangre derramada
en suelo palestino.
Quién le da derecho a
proclamar a su dios
como el verdadero.
Por qué se ensaña
contra los animales
en hecatombes.
Quién paga sus desafueros.
Que haga justicia
un dios verdadero.

Minificciones

viernes, 11 de noviembre de 2016

MINIFICCIONES
Por J.J. Zuluaga
ENVIDIA
Primero fue Caín contra Abel. Después Jacob suplantó a Esaú y se ganó la bendición de su padre. Después los hermanos de Joseph lo vendieron a mercaderes egipcios como esclavo porque es costumbre entre los hijos de Jehová, la envidia hacia sus hermanos.
USURPADORES
Jacob, el que engañó a su hermano con un plato de lentejas y un pan, sí, el que usó una máscara para pasarse por Esaú y ganar la bendición de su padre. Ese, el que ofreció a sus hijos tierras ajenas, tierras de los cananeos y que arbitrariamente en su agonía
entregó a Joseph el suelo que le rapó a los amorreos a punta de arco y espada. Es que ese es judio y los judios tuvieron el camino por delante porque siempre contaron con la bendición de los demás.

REGRESO

REGRESO
Los israelitas regresaron al Canaán después de vivir varios siglos refugiados en Egipto. Les hablaron a sus pobladores de Jehová y les recordaron que las tierras que ocupaban se las había cedido a sus antepasados. Levantaron en hombros a Moisés y a Aarón quienes dieron fe de lo dicho. Esas palabras fueron un formalismo porque acto seguido mostraron la elocuencia de las armas.
Esas sí son palabra sagrada; palabra de Dios.

CIELOS

Por J.J.Zuluaga
CIELOS
Quiero una vara como la de Moisés
para ahuyentar la ignorancia
para que la gente no confunda
el triunfo con maná que cae del cielo
Para que no le atribuya el éxito o
la derrota a
la buena o mala suerte
Que entienda que
las decisiones erradas
no son obras del destino
Que el amor hay que merecerlo y
no llega caído del cielo
Que los bienes materiales
no llegan por arte de
birlibirloque
Que los príncipes azules
no existen sino en las telenovelas
mexicanas y puertoriqueñas
Que el tiempo
no hay que desperdiciarlo
en programas de Corín Tellado
reinados y
partidos de fútbol —lo que
me enajena a mí.
Para que no le importe
la vida privada de Neymar
Justin Bieber y
Celena Gómez
Para que coja oficio y
entienda que
el horóscopo y
el cielo
no rigen la vida de los hombres.

LA INVISIBILIDAD DE LA CENIZA

viernes, 16 de septiembre de 2016



Por John Jairo Zuluaga Londoño

Joaquín Zapata Pinteño, La invisibilidad de la ceniza, Editorial Domingo Atrasado, 2015. 154 P.
     
     Joaquín es miembro del taller de poesía Anábasis, fundado por el poeta de Artemisa, Cuba, Alberto Rodríguez Tosca (Q.E.P.D) y su libro de poesía es un trabajo de obra blanca, con repujados compartidos por Alberto, a quien le debe en gran parte, los secretos del quehacer poético.
El texto se divide en cuatro partes, la tercera y casi toda la última, dedicada al poema en prosa, donde desarrolla ideas que vuelan más que las palabras. A veces tropieza con su prosa, y se corta su vuelo, pero sale bien librado.
En general muestra la vida que se escapa, las fatigas y el sinsabor del que llega con las manos vacías, teniendo las arcas llenas.
El tiempo es una obsesión en su obra con los mecanismos aplastantes del reloj que todo lo vuelve rutina, ceniza y olvido.
              VIEJO
 Hacerse viejo,
                 gastar en una sola noche
              todas las madrugadas,
    en un solo reloj
                todos los almanaques…
Sus versos son pinceladas que no forman una pintura; los finales no son conclusivos y podría hablarse de construcciones abiertas.
                     UNA SOLA PALABRA
  Sosegado el mar
                               en donde solo la navegación es mía.

                       Una sola palabra interminable.

Es de Elche, Alicante, España y el mar frente a sus narices y en sus recuerdos fundidos en estos poemas. Marino por afición y siempre dueño de algún barco que lo emparente con Ulises que va de isla en isla en busca de aventuras. Esas aventuras que atraviesa en los poemas con zozobra. Ahora en Bogotá, donde lleva más de diez años, planea su viaje en barco para España, de donde regresará a Colombia, la tierra que lo tiene atrapado como Calipso atrapó a Ulises en su isla.
En su texto también viaja con sus náufragos acuestas, su esposa que partió en la barca de Caronte, el recuerdo de su madre y sus otros familiares fallecidos, la infancia perdida en Elche, los hijos ausentes y el que se extravió en el mar y vive en sus recuerdos.
Parafraseando su texto diríamos que: La vida es rosas y zarza; deseo que se vuelve llama y ceniza; e hombre sobrevive a la derrota pegado a un mástil. Quedan pocas  esperanzas porque estamos determinados por un ser que ordena el infortunio;
     HOMBRES ANFIBIOS
     La misteriosa esfera
   ordena las mareas.
            Los insomnios y el sueño
       reclaman su atención.
          La inquietud del paisaje
                                    se abisma en las otras pestañas de la luz,
                               desvaríos en la penumbra de otro ser.

En el último capítulo el autor muestras sus cicatrices, las heridas abiertas, los sueños claudicados y muestra la casa que lo alberga, como un sitio de velación. Vino en busca de otra vida y encontró cenizas. 
Pero la Esperanza que sobrevive en la Caja de Pandora le ofrece su bálsamo. Por fortuna sus consuelos, tal y como se infiere de su obra, son la poesía y como buen español, los toros y los crucifijos que cuelgan en su dormitorio; y el sosiego que le trae el cigarrillo, sus amigos cercanos y su perro Dante, que lo acompaña de manera incondicional.



LECTURA PELIGROSA

viernes, 18 de mayo de 2012


CUENTO FINALISTA TERCER CONCURSO DE CUENTO HUMBERTO JARAMILLO ÁNGEL

LECTURA PELIGROSA

Me puse a leer un cuento sobre un hecho de sangre, pero lo interrumpí cuando estaba por acabar. Dejé el libro encima de mi estómago y empecé a dormitar.

Era un sueño pesado por el sopor de la tarde calurosa. Los rayos del sol entraban por la ventana y les daba a los objetos del cuarto un tinte de papel envejecido.

Afuera alcanzaba a percibir el ruido de los carros, la gritería de los niños que perseguían un balón y el sonido diabólico de las motos que corrían sin silenciador. Esa bullanga se enmarañó en un sueño que empecé a padecer. Era casi la copia exacta del cuento que dejé a medio terminar.

En el sueño salí de la casa  y me dirigí al billar para charlar con mis amigos. Noté que me observaban desde las ventanas cerradas del vecindario. Los vecinos que encontré parados en las esquinas no me saludaron como de costumbre. Me miraban como si fuera una aparición.

Me alejé y entre dientes murmuré:

—Partida de hijueputas —lo dije silabeando.

Una persona me alarmó:

—Lucho, aléjese, lo quieren matar —sus ojos eran como los del que mira una montaña que cae y amenaza con sepultarlo.
    
Sentí miedo y alargué los pasos con los ojos puestos en varias direcciones.

Me llené de terror cuando observé a dos hombres de gafas oscuras dentro de un carro azul estacionado en frente del billar. Sudé frío y con zancadas largas llegué a donde mis amigos.
(Era increíble: lo que había leído en el cuento se materializaba en el sueño. La diferencia era que yo ocupaba el lugar del protagonista y mucha gente que conocía, aparecía como mis perseguidores).

Cuando entré los tacos de mis amigos, que jugaban billar, quedaron dibujados en el aire y sus ojos recogidos condenaron mi presencia. Uno de ellos me advirtió:

—Lucho, vuélese, unos tipos en una camioneta vinieron y preguntaron por usted.

—Los vi, están al frente  —reparé en mis manos blancas y sudorosas.

—¡Vuélese!

—Es demasiado tarde.
(Debí decirles: “No se puede, está escrito. Fui testigo de un asesinato. Soy un personaje de un sueño que representa el papel principal en un cuento que estaba por terminar de leer).

—Al menos inténtelo.

—Es imposible, parece que están armados. Mi lengua era un trapo atravesado en mi gargüero.

 —Llame a su casa.

 —De nada sirve, los tipos están por entrar. En mi casa solo está mi mujer.

De todas maneras me prestaron el teléfono del bar y con resignación la llamé. Sabía que era infructuoso marcar a la policía.
(En el cuento el personaje principal llama por su celular y no por un teléfono fijo. Su mujer se llama Stephany, Stephany Douglas. Es de carácter bilioso, a diferencia de mi esposa que era calmada y cariñosa).

—...Marleni, estoy en el bar, déjeme la puerta abierta —las manos me temblaban.

—¿Qué está pasando?

—Unos tipos que me persiguen, los veo por la ventana… están entrando...

—No entiendo, te estoy viendo en la cama… te veo con un libro encima…

Cuando colgué mis amigos, que tomaban cerveza,  congelaron los picos de las botellas en el aire y con rostro recogido me gritaron:

—Vienen.

Se miraron y uno de ellos me gritó:

—Salga por la puerta de atrás.

Alcancé a ver al bárbaro cuando ingresó con la pistola en la mano alargada a la altura de su rodilla. Quise anticiparme y corrí en busca de la puerta de atrás. No tuve fortuna porque empezó a perseguirme por la calle empinada, en medio de la gritería de algunos vecinos y de la complicidad de los que salieron a los portones a disfrutar la tragedia.
(En el cuento la gente se limita a mirar, pero en el sueño algunos se veían complacidos porque ese espectáculo rompía con la monotonía del pueblo).

A pesar de la confusión mi mujer me esperó con la puerta abierta, sin ninguna esperanza porque vio al hombre que me perseguía  con la pistola en el aire. Cerca del portón se escucharon los disparos y esperé el siniestro desenlace. El asesino apretó dos veces el gatillo, pero le falló la puntería. Mi mujer reaccionó y me  entró con los ojos abiertos como lunas desorbitadas.

—No entiendo nada, tú estabas en el cuarto.

—No es el momento de reparar en eso, mejor cierra la puerta.

Se demoró en hacerlo y el asesino entró. Me volvió a disparar y salió corriendo. Dos disparos se alojaron en mi caja torácica y  uno atravesó mi pierna derecha. Empecé a perder mucha sangre y sentí la muerte encima. Como pude cogí el libro en busca de una esperanza y devoré los dos párrafos que me faltaban para terminar. Me tranquilicé porque el protagonista quedó con vida, a pesar de los disparos que recibió.

Mi mujer aprovechó esa oportunidad que nos deparó la vida, me sacó a la calle y me condujo al hospital. Me salvaron la vida. Estoy vivo de puro milagro.